domingo, 12 de junio de 2022

Cánovas y Sagasta

Hubo un tiempo, a finales del siglo XIX, en el que se dio una situación en nuestro panorama político, denominada Alternancia o Turnismo. La protagonizaron dos figuras políticas de la época: Antonio Cánovas y Mateo Sagasta. Amigos en lo personal, pero diametralmente opuestos ideológicamente, el primero, representaba a la derecha conservadora y el segundo, liberal, representaba a la izquierda más extrema. Esta alternancia política entre los dos grandes partidos, compartiendo el gobierno de la nación, permitió a España superar situaciones extremadamente difíciles. 

Sin entrar a analizar detalles, que serían muchos y controvertidos, representantes de tendencias políticas tan extremas fueron capaces de conciliar, de converger hacia un gran proyecto común. 
Y por qué hicieron esto? porque pensaban en la estabilidad de España y fueron capaces, por el bien de su país, de poner a un lado todas esas divergencias que sin duda existían y que parecían insalvables. 

Y esto es lo que yo quisiera ver hoy, 130 años después. Una clase política ocupada en los ciudadanos, en su bienestar, en la mejora de sus vidas. Algo que no está ocurriendo. Y por qué?, porque nuestros representantes políticos están en la descalificación y en el insulto permanente; se acuestan digiriendo los ataques recibidos y se levantan pensando qué lindezas les dedicarán mañana, o a qué nuevos ataques tendrán que hacer frente. En medio de esa crispación tienen que trabajar. 

Y la reflexión es: qué tiempo les queda para los ciudadanos, para pensar en sus problemas y en cómo solucionarlos, cuando consumen sus energías en una lucha bizantina sin fin. 

Este sistema político cumpliría con los preceptos democráticos, sin menoscabar los derechos y libertades que actualmente disfrutamos, y evitaría a aquellas facciones independentistas que quieren destruir la unidad de España. 

Creo que a Cánovas ya le tenemos; ahora hay que encontrar a Sagasta.

domingo, 26 de julio de 2020

No Culpable

Creo que Sánchez no es culpable. Podría llenar tres páginas con críticas a su labor en el Gobierno, pero una pandemia de esta magnitud, algo nunca vivido en nuestra etapa contemporánea, no tiene una fácil gestión.
Por tanto, yo diría, responsable sí, culpable no.
Hay voces críticas con el fin del confinamiento y la vuelta a la actividad, que hablan de precipitación. Dirigentes como Bolsonaro o Trump, gustarán más o menos y se les podrá tachar de una cosa u otra, pero ninguno de los dos es tonto. Cuando aparecen sin mascarilla y minimizando los efectos del COVID, lo hacen muy a su pesar, pero lo tienen que hacer así.
Desde aquí, es fácil criticar esa actitud, pero cada uno conoce su casa. Bolsonaro sabe lo que sería una revuelta multitudinaria en Río.. Trump ya lo ha visto con el caso George Floyd en Minneapolis. Su muerte desató un incendio racial sin precedentes en las últimas décadas, pero los disturbios vinieron acompañados de saqueos injustificables (fenomenal forma de protestar, reventando las lunas de las tiendas y llevándose móviles, plasmas, etc.).
Y eso es lo que puede venir con una crisis económica de la magnitud que se perfila.. por tanto, hay que elegir entre ver morir a la gente en los hospitales, o verles morir matándose en las calles (el hambre lo puede todo). Y Bolsonaro y Trump lo tienen claro.
Por tanto, en mi opinión, no hay precipitación por parte de las Autoridades; se tiene que reponer el pulso económico cuanto antes.
Y las muertes en los hospitales que nombraba antes, se podrían evitar en gran medida, apelando a la responsabilidad de cada uno. Si nos vamos doscientos de botellón, nos juntamos quince en una comida familiar, o llenamos la barra de los bares, no tengamos luego la caradura de criticar a las autoridades políticas/sanitarias.
Policía y Guardia Civil saldrán a las calles en breve, a sancionar masivamente, porque serán obligatorias las mascarillas y muchos no harán ni caso.
Y arreciarán las críticas.. pero dará igual; prefiero un irresponsable cabreado, que un sanitario contagiado. Si esta parva de irresponsables, que parece que esto no va con ellos, no respeta a los sanitarios, que se están jugando la vida, ni al resto de ciudadanos, hay que atacar a su cuenta corriente.
Creo que el Gobierno sabe que, sin acabar septiembre, habrá un retroceso muy importante en toda España. Pero su actual mensaje es el correcto. Hay que reactivar la economía. No me gusta la expresión ‘daños colaterales’, que parecen inevitables, pero, insisto, se pueden minimizar en gran medida si todos mostramos la responsabilidad debida.

martes, 23 de junio de 2020

Similitudes

El pasado día 20, en un parque de la ciudad inglesa de Reading, un individuo de origen libio, ataca a varias personas con un cuchillo de grandes dimensiones, con el resultado de tres personas muertas y otras tantas heridas. La policía británica lo cataloga como “incidente terrorista”, incluso apuntan a problemas psiquiátricos del atacante.
Pero no, no está loco. En mi opinión, es un atentado en toda regla.

Y para hacer esta afirmación, me baso en una sola cosa: el atacante sabe cómo matar; apuñala en el cuello, debajo de las axilas y en la nuca, puntos todos letales. Es decir, está entrenado.

En abril de este año, un hombre armado con un cuchillo, mata a dos personas y hiere a otras cuatro, tres ellas de gravedad, en el centro de Romans-sur-Isère, en el sur de Francia.

El 2 de febrero, un hombre ataca a los viandantes en una concurrida calle comercial de la zona de Streatham, al sur de Londres, también con un arma blanca, con el resultado de dos muertos. También, el 29 de noviembre del año pasado, dos personas fueron asesinadas a puñaladas en Londres, por un pakistaní.

Salvando las distancias, se dan ciertas similitudes entre el islamismo y el COVID.

Amenazas latentes. Son amenazas ocultas; podremos dejar de percibirlas con el temor inicial, pero siguen ahí. El virus sigue entre la población, del mismo modo que el islamista vive mimetizado en la sociedad.

Recursos insuficientes. Los recursos de los servicios sanitarios no son suficientes para prevenir el contagio. Tampoco las fuerzas policiales son suficientes para prevenir la comisión de estos atentados. Ya no es fácil moverse con explosivos y el control de las armas es mucho más restrictivo, pero cómo controlar un cuchillo de cocina.. el arma mayormente utilizada para atentar.

Actitud preventiva. Es la totalidad de la población la que, con una actitud adecuada y preventiva, puede reducir el volumen de contagios a la mínima expresión. Del mismo modo que, es la población, adoptando medidas de autoprotección, la que puede reducir la casuística de víctimas ante las acciones terroristas.

Espacio-tiempo. ¿Dónde se recrea el virus? en las grandes concentraciones. ¿Dónde ataca el islamista? en las aglomeraciones.

Apunto un consejo en cada caso, para aquel que lo quiera aceptar.

Centros comerciales. Camina por los lados, juntos a las tiendas. El agresor busca el mayor número de víctimas, por tanto, ataca al centro (como ejemplo, en el ataque a Las Ramblas, todas las víctimas caminaban por el centro de la calle). Además, si escuchas disparos, gritos, tienes el escape fácil, al interior de la tienda. El agresor siempre continua la acción fuera, donde más víctimas se puede cobrar.

Concentraciones de población. Usa la mascarilla. Solo con este gesto, multiplicado por miles de usuarios, se salvarán muchas vidas.

Mantener una actitud preventiva, durante un tiempo, es fácil; lo complicado es mantener la alerta en el tiempo; para ello, hace falta ser muy disciplinados.

En Protección, decimos que el estado mental ideal es el de ALERTA RELAJADA. Hay que vivir sin temor, sin estrés, pero manteniendo un mínimo nivel de alerta, constante, que nos permita reaccionar ante cualquier contingencia.

Esta reflexión, aplica a ambas amenazas. Nos guste o no, es lo que nos toca vivir.



domingo, 14 de junio de 2020

Políticos Valientes


Estamos necesitados de políticos valientes; no podemos seguir por este camino de mediocridad.

No parece apropiado que un maestro de escuela esté al frente de la cartera de Fomento, o que un filósofo esté dirigiendo la Sanidad nacional; qué tal irían un ingeniero de Caminos o un licenciado en Medicina…

Estas personas tendrán su valor, sin duda, pero en su ramo. Hay otras formas de premiar la lealtad, sin implicar a los intereses y al bienestar de las personas.

De otros perfiles, actualmente al frente de algunos ministerios, ahorramos comentarios. Afortunadamente, se imponen la elemental prudencia y sentido común, y a los inútiles les han colocado en carteras insignificantes.

Pero no todo es malo; tenemos el polo opuesto en otras carteras de primer orden como Economía, o Seguridad Social, gestionadas por reputados economistas, con bagaje y demostrado buen hacer. Tranquilizador.
Centro el tiro en este Gobierno, por ser el vigente; con los anteriores, ha sido la misma dinámica.

El perfil apropiado para gobernar, en mi opinión, es el de directivos que vengan del sector privado; con nivel académico, trayectoria profesional, expertos en gestión y conocedores del mundo laboral y familiar. Esto se traduce en años y, consecuentemente, su paso a la política debería ser ya con cierta edad.

Pero conseguir buenos perfiles en política es complicado; un condicionante importante es el económico. Es inevitable que los directivos mejor preparados permanezcan en el sector privado, donde las condiciones salariales son sensiblemente mejores.

Es por esto que, la edad, es importante. El candidato en cuestión, tiene que tener su vida resuelta; nadie renuncia al bienestar de su familia.

El problema con el mediocre, es que entra en política para solucionarse la vida. Prueba de ello, es la indigencia intelectual y el esperpento que nos toca vivir cada día.

Y cuál es el atractivo del sector público para estos directivos? En mi opinión, hay dos factores que les pueden atraer: hacer el bien común y el prestigio.

A algunos de estos perfiles, en un momento de su vida, les aborda la necesidad de aportar, de poner su brillantez al servicio de la sociedad.

Y un aspecto determinante, es que no pierden un minuto en pensar cómo se van a enriquecer, no han venido a eso.
Pero, cómo revertir esta situación cuando, gran parte de los que tienen que acabar con la mediocridad, son los mediocres que se tienen que ir…

Solución: que la otra parte, los buenos políticos, sean valientes.

martes, 26 de mayo de 2020

Ecléctico


A medida que cumplo años, me vuelvo más ecléctico en política; quiero decir, que no me identifico con un movimiento o partido político concreto. Creo, además, que debe acabar cuanto antes la dicotomía izquierda-derecha; no deben ser determinantes los colores, sino la gestión.
De partida, incuestionables las libertades y derechos fundamentales, pilares de la democracia, pero, además, comulgo con algún precepto liberal, incluso conservador (quien no lo es, siendo padre de familia).
Defiendo siempre una máxima liberal que dice que cada hombre (mujer) tendrá lo que se gane con su esfuerzo. Abundando en la doctrina liberal, parece justo afirmar que los hombres nacen iguales, son iguales ante la Ley, pero no es justo afirmar que todos los hombres deban tener lo mismo. En esto, me vuelvo intransigente.
Valores como el esfuerzo, la dedicación, la capacidad o el talento, distinguen a las personas y la recompensa no puede ser la misma.
Es bueno que algunos de estos valores, distingan al diligente del vago, para que cada uno tenga lo suyo. Pero, dicho esto, conviene ser justo y solidario con aquellas personas que, con mucho esfuerzo, consiguen muy poco. Personas con la actitud y la disposición, pero cuyas limitaciones académicas o sociales les impiden progresar.
El mundo está hecho así y no lo vamos a cambiar; la sociedad premia el talento, pero hagamos que la vida del humilde (que lo merezca), con sus limitaciones, sea también digna. 
Y todo pasa por una remuneración justa; no se puede formar una familia con quinientos euros al mes; ser mano de obra poco cualificada, no debe significar malvivir.
Soy un firme detractor de algunas de las políticas que pone en práctica este Gobierno, pero apoyo sin fisuras su predisposición a las mejoras del salario mínimo.

Ecléctico..

viernes, 6 de mayo de 2016

El Toro y el Toreo

Difícil plasmar la esencia y la profundidad de estos dos conceptos en unas líneas, pero ahí va mi percepción, auténtica, sin influencias, lo que ven mis ojos, mi forma de entender el toreo.

No comparto algunos de los tópicos que tanto se repiten en el mundo de la tauromaquia.
El arte del toreo. Torear no es un arte, es una habilidad y una actitud.
Es la habilidad que muestra una persona para manejar una situación de alto riesgo y su actitud ante esa situación. Es decir, la destreza en el manejo de una muleta y el valor que hace falta para hacerlo con un tío de quinientos kilos delante.
El arte del rejoneo. El mal llamado toreo a caballo, no es más que una demostración de doma ecuestre. Es mareante ver a un toro dando vueltas detrás de un caballo; me parece una pelea desigual, un acto sin emoción. Hay que bajar a la arena.
El toreo va en gustos. Nada más lejos; se sabe torear o no se sabe torear. Si te gusta un torero que no sabe torear, es que no sabes de qué va esto.

Soy aficionado al toreo y también al toro. Me apasiona el toro pero no quiero ser torista porque me gusta ver torear. El que entiende de esto, sabe que el toro encastado no sirve, si lo que queremos es ver el lucimiento del torero. Triste, pero cierto.
Los ganaderos, si no quieren cerrar el negocio, tienen que restar casta. El toro repite menos, muestra menos codicia y no traslada la misma emoción, pero asusta menos y nos deja ver torear.
Afortunadamente, hay ganaderos que se resisten. La prueba más reciente, el Albaserrada de Victorino, Cobradiezmos, en Sevilla. El hocico cubierto de arena, humillando en cada muletazo (muestra de su gran bravura), codicia sin fin (marca/encaste de la Casa). Una pena, no verlo más a menudo.

Decía que no debemos ejercer de toristas, ni ponernos excesivamente puros porque, si lo hacemos, no sirve casi nada. A ver quién recuerda el último toro que aguantara tres puyazos y, además, metiendo los riñones…la mayoría de las tardes, tienes que hacer como que no has visto el tercio de varas…

Decía también que no hay gustos que valgan; se sabe torear o no.
Despaciosidad, templanza, verticalidad y siempre en el sitio. El toro tiene que pasar despacio y ceñido a la cintura. Si el torero se inclina, lo que está buscando es alejar al toro; si tira de la muleta con rapidez, lo que quiere es que pase cuanto antes…es decir, el miedo le puede, no sirve.

Soy de José Miguel Arroyo. Nadie como él. Lo que acabo de nombrar y, además, la mano muerta, clavado en la arena, la estética de hombros caídos que a mí tanto me emociona...
Estoy hablando de Joselito en presente pero, tristemente, debo hacerlo en pretérito.

Reconozco ser intransigente en esto del toreo, pero es que “sirven” muy pocos. Además de Joselito, tengo que nombrar a otros grandes como Paco Camino o Curro Romero.
Pero cómo terminar esto sin nombrar al Gitano de Jerez, a Ortega Cano, Morante, Manzanares (padre, claro). Y tengo que nombrar a José Tomás, el “temerario”; parece que quisiera morir en la arena, pero es enorme.
También reconozco que, a alguno de los que he nombrado, le pudo el miedo en alguna ocasión pero su magia compensaba todo.

Recuerdo, nítidamente, el homenaje a Rafael de Paula en Madrid (con Joselito y Morante, quienes si no). Cuando el Maestro salió al centro a saludar, saltamos del asiento como un resorte, se caía la plaza…que nostalgia.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Inmigrantes

Denostados por muchos, no especialmente queridos por otros, un alto porcentaje de ciudadanos españoles percibe al inmigrante como un competidor en el acceso a prestaciones sanitarias y servicios sociales.
Es importante significar que, muchas de las personas que vienen a nuestro país, lo hacen movidos por la desesperación. Verles encaramados a las vallas fronterizas, repletas de cuchillas, es un claro ejemplo.
Pensemos en qué condiciones se encuentra un inmigrante en su país de origen, para dejar a su familia, sus amigos, su tierra, su vida en definitiva, y marcharse a miles de kilómetros de todo lo que ama para llegar a una tierra extraña a seguir malviviendo, en muchos casos, en la precariedad de las ocupaciones que quedan reservadas para ellos.
Me suelo fijar en la “población” de los semáforos, algunos con mucha actividad: Cojeras, pañuelos, “limpias” (que consiguen el efecto contrario en las lunas) malabaristas...este último perfil me encanta. El del semáforo de Ventas es un fenómeno; simpático, agradecido, hábil, tiene el tiempo calculado para terminar su “número” y pasar la gorra por al menos seis, siete coches. Un artista.
Otros, acuden a las puertas de supermercados con la escusa de vender La Farola (llevan siempre la misma). El del Ahorramás de mi barrio se ha ganado el cariño de la gente; agradable, educado, ayuda con las bolsas a las personas mayores, ha hecho de ello su puesto de trabajo con la única esperanza de recibir unas monedas.
Otros se reparten trabajando en zonas rurales, en muchos casos, inmersos en la más absoluta explotación.
Y atención al colectivo de mujeres latinoamericanas, que cuidan de nuestros mayores cada vez con más y mejor dedicación.
Su presencia nos podrá gustar más o menos, pero reflexionemos por un momento; podrían estar dedicándose a hacer butrones, a “limpiar” cobre en las obras, empuñar un cuchillo en un parque...pero no. Es gente sin maldad, nos muestran cuál es su habilidad y nos están diciendo que no quieren delinquir.
Ah, y siguiendo con la reflexión, pensemos cómo tendríamos que vernos para ponernos en un semáforo, sufriendo cada día el desprecio que supone decirles no, con cara de mala leche, o mover un poquito el coche diciendo: “...ni te acerques...”.
Yo residí fuera de España por un tiempo, concretamente en Inglaterra, en unas condiciones bien diferentes. Lo hice por voluntad propia y aun disfrutando de buenas condiciones laborales y sociales, llegó un momento en el que se hacía difícil vivir tan lejos de todo lo que amaba.
No puedo pensar si, además, hubiera estado sin trabajo, sin las atenciones básicas y sin el respeto de la gente.
En aquel tiempo, sufrí un problema de salud que me mantuvo ingresado durante unos días en un hospital londinense y el trato no pudo ser mejor. Y no me preguntaron de qué país venía, ni siquiera me pidieron el DNI...solo se ocuparon de asistirme y muy bien, por cierto (y no pagué ni una libra).
Sentí muy de cerca la solidaridad y la humanidad de la gente, por eso, no puedo aceptar que una madre rumana vaya con su hijo al médico y alguien muestre reticencias a la hora de atenderles. Dicen que el nacionalismo “se cura” viajando, yo recetaría lo mismo para estos reticentes.
Otra de las quejas habituales es la escolarización gratuita: “...no pagan ni un duro de matrículas, les regalan los libros, el transporte gratis...”
Cuando todos interioricemos que la Educación es prácticamente la solución a los más graves problemas que azotan al mundo, ese día estaremos encantados de ver las aulas llenas.
Dicho esto, creo que lo prudente y solidario es ayudarles en los inicios; después, que se lo costeen absolutamente todo, como cada cual.
Igual de cierto es que no se puede permitir la “barra libre”; los países tienen que ejercer un control en las fronteras. De otro modo, caeríamos en el desorden más absoluto.
Pero una vez dentro, son personas a las que hay que atender. La exclusión sanitaria es inaceptable. Es terrible no atender a un niño porque viene sin papeles... o escuchar a alguien decir en la cola de Urgencias “...primero los españoles...”.
Hay que admitir (no se puede obviar) que, entre tantos como llegan, se nos puede “colar” lo peor de cada casa. Yo digo tolerancia cero con estos; mano dura policial, condenas y expulsión.
Pero pensemos también en lo que ese colectivo mayoritario de buena gente que llega, aporta a nuestra sociedad, muchos de ellos, mano de obra cualificada.
Que pregunten a los estadounidenses por su experiencia en tiempos pasados; también se les “coló” la Mafia pero es incuestionable lo que la inmigración italiana e irlandesa aportó al país.
Dicho todo esto, cabe preguntarse si realmente suponen esa gran carga. Hay algunos datos que no lo corroboran.
Un informe oficial, reciente, dice que menos del 1% de los perceptores de pensiones son extranjeros. A su vez, se calcula que la alta tasa de actividad de los inmigrantes contribuirá a retrasar en cinco años la entrada en déficit del sistema de pensiones, además de frenar el envejecimiento poblacional.
El 50% del superávit de las finanzas públicas, en los años de mayor crecimiento, correspondió a impuestos y contribuciones sociales, aportados por la inmigración.
En mi ánimo no está erigirme en defensor de los inmigrantes pero sí invitar a la reflexión. Pongámonos en su lugar, en el de la gente buena que viene aquí con sus hijos para darles una vida mejor. Pensemos hasta dónde iríamos nosotros para ofrecer una vida digna a los nuestros.
Difícil solución para un problema que ofrece tanta controversia, sobre todo en estos días con la llegada masiva de ciudadanos sirios, pero no olvidemos que vienen huyendo de la muerte.
En mi opinión, las medidas deben tomarse en sus países de origen. El estado de bienestar que disfrutamos en determinados países, hace que nuestras tasas de emigración sean inapreciables. Este es el quid de la cuestión. No creo que un ciudadano búlgaro que disfrutara cierta calidad de vida en su país, pensara por un momento en marcharse.
Quiero terminar estas líneas nombrando algunas estrofas de lo que fue, y sigue siendo, un himno a la raza humana. Notas que invitan a la reflexión:
¿Cuántos oídos tiene que tener un hombre, para poder oír a la gente llorar?
¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza, fingiendo no ver nada?
¿Cuántas muertes serán necesarias para que comprenda que ya ha habido demasiados muertos?
¿Cuántos años tienen algunas gentes que vivir, antes de conocer la libertad?
(“Blowing in the wind”, Bob Dylan).