domingo, 20 de septiembre de 2015

Inmigrantes

Denostados por muchos, no especialmente queridos por otros, un alto porcentaje de ciudadanos españoles percibe al inmigrante como un competidor en el acceso a prestaciones sanitarias y servicios sociales.
Es importante significar que, muchas de las personas que vienen a nuestro país, lo hacen movidos por la desesperación. Verles encaramados a las vallas fronterizas, repletas de cuchillas, es un claro ejemplo.
Pensemos en qué condiciones se encuentra un inmigrante en su país de origen, para dejar a su familia, sus amigos, su tierra, su vida en definitiva, y marcharse a miles de kilómetros de todo lo que ama para llegar a una tierra extraña a seguir malviviendo, en muchos casos, en la precariedad de las ocupaciones que quedan reservadas para ellos.
Me suelo fijar en la “población” de los semáforos, algunos con mucha actividad: Cojeras, pañuelos, “limpias” (que consiguen el efecto contrario en las lunas) malabaristas...este último perfil me encanta. El del semáforo de Ventas es un fenómeno; simpático, agradecido, hábil, tiene el tiempo calculado para terminar su “número” y pasar la gorra por al menos seis, siete coches. Un artista.
Otros, acuden a las puertas de supermercados con la escusa de vender La Farola (llevan siempre la misma). El del Ahorramás de mi barrio se ha ganado el cariño de la gente; agradable, educado, ayuda con las bolsas a las personas mayores, ha hecho de ello su puesto de trabajo con la única esperanza de recibir unas monedas.
Otros se reparten trabajando en zonas rurales, en muchos casos, inmersos en la más absoluta explotación.
Y atención al colectivo de mujeres latinoamericanas, que cuidan de nuestros mayores cada vez con más y mejor dedicación.
Su presencia nos podrá gustar más o menos, pero reflexionemos por un momento; podrían estar dedicándose a hacer butrones, a “limpiar” cobre en las obras, empuñar un cuchillo en un parque...pero no. Es gente sin maldad, nos muestran cuál es su habilidad y nos están diciendo que no quieren delinquir.
Ah, y siguiendo con la reflexión, pensemos cómo tendríamos que vernos para ponernos en un semáforo, sufriendo cada día el desprecio que supone decirles no, con cara de mala leche, o mover un poquito el coche diciendo: “...ni te acerques...”.
Yo residí fuera de España por un tiempo, concretamente en Inglaterra, en unas condiciones bien diferentes. Lo hice por voluntad propia y aun disfrutando de buenas condiciones laborales y sociales, llegó un momento en el que se hacía difícil vivir tan lejos de todo lo que amaba.
No puedo pensar si, además, hubiera estado sin trabajo, sin las atenciones básicas y sin el respeto de la gente.
En aquel tiempo, sufrí un problema de salud que me mantuvo ingresado durante unos días en un hospital londinense y el trato no pudo ser mejor. Y no me preguntaron de qué país venía, ni siquiera me pidieron el DNI...solo se ocuparon de asistirme y muy bien, por cierto (y no pagué ni una libra).
Sentí muy de cerca la solidaridad y la humanidad de la gente, por eso, no puedo aceptar que una madre rumana vaya con su hijo al médico y alguien muestre reticencias a la hora de atenderles. Dicen que el nacionalismo “se cura” viajando, yo recetaría lo mismo para estos reticentes.
Otra de las quejas habituales es la escolarización gratuita: “...no pagan ni un duro de matrículas, les regalan los libros, el transporte gratis...”
Cuando todos interioricemos que la Educación es prácticamente la solución a los más graves problemas que azotan al mundo, ese día estaremos encantados de ver las aulas llenas.
Dicho esto, creo que lo prudente y solidario es ayudarles en los inicios; después, que se lo costeen absolutamente todo, como cada cual.
Igual de cierto es que no se puede permitir la “barra libre”; los países tienen que ejercer un control en las fronteras. De otro modo, caeríamos en el desorden más absoluto.
Pero una vez dentro, son personas a las que hay que atender. La exclusión sanitaria es inaceptable. Es terrible no atender a un niño porque viene sin papeles... o escuchar a alguien decir en la cola de Urgencias “...primero los españoles...”.
Hay que admitir (no se puede obviar) que, entre tantos como llegan, se nos puede “colar” lo peor de cada casa. Yo digo tolerancia cero con estos; mano dura policial, condenas y expulsión.
Pero pensemos también en lo que ese colectivo mayoritario de buena gente que llega, aporta a nuestra sociedad, muchos de ellos, mano de obra cualificada.
Que pregunten a los estadounidenses por su experiencia en tiempos pasados; también se les “coló” la Mafia pero es incuestionable lo que la inmigración italiana e irlandesa aportó al país.
Dicho todo esto, cabe preguntarse si realmente suponen esa gran carga. Hay algunos datos que no lo corroboran.
Un informe oficial, reciente, dice que menos del 1% de los perceptores de pensiones son extranjeros. A su vez, se calcula que la alta tasa de actividad de los inmigrantes contribuirá a retrasar en cinco años la entrada en déficit del sistema de pensiones, además de frenar el envejecimiento poblacional.
El 50% del superávit de las finanzas públicas, en los años de mayor crecimiento, correspondió a impuestos y contribuciones sociales, aportados por la inmigración.
En mi ánimo no está erigirme en defensor de los inmigrantes pero sí invitar a la reflexión. Pongámonos en su lugar, en el de la gente buena que viene aquí con sus hijos para darles una vida mejor. Pensemos hasta dónde iríamos nosotros para ofrecer una vida digna a los nuestros.
Difícil solución para un problema que ofrece tanta controversia, sobre todo en estos días con la llegada masiva de ciudadanos sirios, pero no olvidemos que vienen huyendo de la muerte.
En mi opinión, las medidas deben tomarse en sus países de origen. El estado de bienestar que disfrutamos en determinados países, hace que nuestras tasas de emigración sean inapreciables. Este es el quid de la cuestión. No creo que un ciudadano búlgaro que disfrutara cierta calidad de vida en su país, pensara por un momento en marcharse.
Quiero terminar estas líneas nombrando algunas estrofas de lo que fue, y sigue siendo, un himno a la raza humana. Notas que invitan a la reflexión:
¿Cuántos oídos tiene que tener un hombre, para poder oír a la gente llorar?
¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza, fingiendo no ver nada?
¿Cuántas muertes serán necesarias para que comprenda que ya ha habido demasiados muertos?
¿Cuántos años tienen algunas gentes que vivir, antes de conocer la libertad?
(“Blowing in the wind”, Bob Dylan).

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