A medida que cumplo años, me vuelvo más ecléctico en política; quiero decir, que no me identifico con un movimiento o partido político concreto. Creo, además, que debe acabar cuanto antes la dicotomía izquierda-derecha; no deben ser determinantes los colores, sino la gestión.
De partida, incuestionables las libertades y derechos fundamentales, pilares de la democracia, pero, además, comulgo con algún precepto liberal, incluso conservador (quien no lo es, siendo padre de familia).
Defiendo siempre una máxima liberal que dice que cada hombre (mujer) tendrá lo que se gane con su esfuerzo. Abundando en la doctrina liberal, parece justo afirmar que los hombres nacen iguales, son iguales ante la Ley, pero no es justo afirmar que todos los hombres deban tener lo mismo. En esto, me vuelvo intransigente.
Valores como el esfuerzo, la dedicación, la capacidad o el talento, distinguen a las personas y la recompensa no puede ser la misma.
Es bueno que algunos de estos valores, distingan al diligente del vago, para que cada uno tenga lo suyo. Pero, dicho esto, conviene ser justo y solidario con aquellas personas que, con mucho esfuerzo, consiguen muy poco. Personas con la actitud y la disposición, pero cuyas limitaciones académicas o sociales les impiden progresar.
El mundo está hecho así y no lo vamos a cambiar; la sociedad premia el talento, pero hagamos que la vida del humilde (que lo merezca), con sus limitaciones, sea también digna.
Y todo pasa por una remuneración justa; no se puede formar una familia con quinientos euros al mes; ser mano de obra poco cualificada, no debe significar malvivir.
Soy un firme detractor de algunas de las políticas que pone en práctica este Gobierno, pero apoyo sin fisuras su predisposición a las mejoras del salario mínimo.
Ecléctico..